José Luis Latorre | La sociedad y el ser humano avanzan… o no

Dicen que la actual generación es la más preparada de la historia. La ciencia avanza para, en menos de un año, crear varias vacunas frente a una pandemia que, en otras épocas de la historia, se hubieran demorado años, muchos años. Somos capaces de poder modificar el tiempo y hacer llover disparando a las nubes yoduro de plata. El big data prevé comportamientos de la sociedad según algoritmos, pero cada día me doy cuenta de que el hombre procede del mono o más bien del gorila. Procedemos del mundo animal y no tengo ninguna duda de que solo somos un animal evolucionado.

Algunos de los seres humanos hemos evolucionado más que otros; hemos pactado unas reglas de convivencia que hacen que podamos vivir juntos, con nuestros problemas, con nuestros diversos puntos de vista, con nuestras discusiones. Otros siguen anclados en tiempos en que los animales luchaban a muerte por conseguir la comida, por el poder, por el territorio, por la riqueza… Estos últimos siguen viviendo en la prehistoria, en los tiempos en que el hombre tenía más relación con los homínidos que con un ser racional.

El hombre es el único animal que mata por placer y no por satisfacer las necesidades básicas de alimentación. Todos los animales están en nuestra cadena alimenticia y pensamos que somos sus dueños. Realmente creemos que este planeta nos pertenece cuando somos unos meros habitantes que hemos de convivir con nuestros congéneres y con las demás especies.

Somos la única especie que tiene que protegerse de sí misma para lo que hemos tenido que crear policías, ejércitos, cárceles y castigar otros semejantes encerrándolos de por vida, cuando no ejecutándolos. Las mayores atrocidades son frutos de la humanidad y pensamos que esto no va con nosotros y pasa lejos de nuestra ciudades, de nuestros casas, de nuestros hijos.

Os voy a explicar una historia real que me pasó el miércoles por la mañana:

Bajaba a tirar la basura al container de reciclaje cuando, a unas decenas de metros, un ‘mono’ en bici pasó a escasos centímetros de una pareja de ancianos, les desestabilizó y casi cayeron al suelo. Ellos se lo recriminaron y el mono, en un alarde circense, levantó el dedo medio (El dedo medio es el pene y los dedos doblados a cada lado son los testículos. Al levantarlo, estás exhibiendo un gesto fálico. Es un decir, ‘es un falo’ que estás mostrando a la gente, lo que implica un comportamiento muy primitivo”) mientras seguía pedaleando hacia mí.

Al ver la actuación del ‘simio’, alcé las manos en forma de recriminación y, sin mediar palabra, al acercarse a mí, me tiró la bicicleta y se lanzó sobre mí. Mi primera reacción fue levantar la pierna derecha con carácter defensivo, después de esquivar la bicicleta-proyectil.

Al ‘mono’, que no se le puede pedir mayor inteligencia que a una ameba, eso le dolió especialmente, no en lo físico, sino en su ego machito-matón, e inició una lluvia de golpes en todo el cuerpo y especialmente en mi cabeza, sin intercambiar ni mediar palabra alguna, sin provocación ni insultos previos. Dejaré los detalles de lo que pasó. Afortunadamente hubo gente que vino a ayudarme.

El ‘mono’ tenía entrenamiento en la lucha, los golpes eran efectivos y certeros, impactando especialmente en la cara. Me rompió las gafas. En fin, el ‘mono’, por mono, huye del peligro y, como se había llamado a la Policía, salió corriendo con la bici en un acto de cobardía. Pero cometió un error y tuvo que volver, amenazando de muerte a todos los que estábamos allí. Y es que un ‘mono’, sin su juguete, no es mono y el actual juguete sirve para todo menos para llamar por teléfono. Sirve hasta para su identificación, por eso decidí guardármelo para entregárselo a la Policía.

¿El resto de la historia? Ser atendido por el personal de emergencias; el arresto policial de nuestro animal protagonista, su paso por comisaría y la noche que nuestro ‘simiesco agresor’ pasó entre barrotes.

Esto es lo que me pasó a mí, pero en el tiempo que estuve en el hospital en un ‘box’ de urgencias pasaron un chico de mediana edad con la cabeza abierta de un culatazo con una pistola en un atraco a una panadería, un chico con un navajazo en el estómago víctima de un atraco y una chica para hacerse las pruebas médicas de violación.

Por la tarde fui a la comisaría. Cuando entré, delante de mí tenía 20 personas; cuando salí, después de dos horas y media, había más de 30 esperando, por no contar los que ya tenían cita previa.

El mando policial que me atendió me mostró su desánimo, su frustración, su incapacidad de llegar a todo lo que estaba ocurriendo en estos tiempos de pandemia. En mi caso, me reconoció que estos ‘chavales’ se creen todopoderosos porque nunca les ha pasado nada y creen que no les pasará. Como mi ‘mono’ agresor, entrenado para la lucha cuerpo a cuerpo, con golpes certeros muy al estilo de boxeador experimentado.

Al día siguiente fui al bar de donde la gente surgió para ayudarme para darles las gracias. Tuve la ‘suerte’ de volver a encontrarme el ‘simio de feria’. Es el de la derecha, el de la bici. Lleva un gorro y mascarilla negra (no confundir con otra etnia-raza). Si le veis en Barcelona, a escasos 100 metros de la Sagrada Familia, no os acerquéis: tiene antecedentes penales y es peligroso (de hecho, desconozco si quien le acompaña es su amigo o su cuidador).

Que tenga claro el seguro que todas estas actitudes, situaciones y reacciones afectan al sector. Los robos a bancos han desaparecido; los comercios mueven más pagos en tarjeta que en efectivo y los profesionales del delito tienen que subsistir. No hay turistas, nos movemos menos… La tormenta perfecta se acerca.

Por cierto, quiero públicamente disculparme ante el reino animal, los simios, los gorilas – especialmente los monos- y una ameba que pasaba por aquí: cualquiera de ellos está en la escala evolutiva muy por encima de este sujeto. Y yo seguiré defendiéndome con el lápiz y el teclado del ordenador ante este tipo de actitudes y no me amilanaré jamás antes este tipo de individuos.

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