José Luis Latorre | Quien no conoce la historia está condenado a repetirla

Siempre he pensado que si un tema periodístico podía funcionar es el quién hace qué y con quién. O el quién mete mano en la caja y/o a la cajera. O quién está haciendo la cama a quién. Puro cotilleo de baratija que siempre funciona bien en este país.

El artículo de hoy lo he pensado con carácter un poco desengrasante. Después de tocar temas de actualidad como los choricillos que corren por ahí o lo que pasa en nuestra vida diaria, hoy recordaré lo que un buen amigo siempre me dice: “Eres como el abuelo Cebolleta, explicando historias del Seguro y sus protagonistas”.

Transcurría el siglo XIX y el modelo de Lloyd´s se exportaba (el sistema creado por Lloyd´s Underwritter´s Association en 1688, contemplaba la difusión de las actividades de los suscriptores en otros países del mundo). Así, en la segunda mitad del siglo nacen el Lloyd Gaditano y el Lloyd Andaluz, convirtiéndose en las dos aseguradoras gaditanas más importantes del seguro marítimo de Andalucía. En esas mismas fechas surgieron el Lloyd Vascongado, el Lloyd Barcelonés y el Lloyd Español, entidades inspiradas en el modelo inglés de Lloyd´s, siempre siguiendo/asegurando las rutas de más tráfico de mercancías de la Península Ibérica. En esas mismas fechas surgen la mayoría de las grandes aseguradoras que, en el siglo XX y algunas en la actualidad, han asegurado a la población española.

Si ha existido una aseguradora emblemática en España, ésta fue La Unión y el Fénix Español, resultado de la fusión de dos aseguradoras. El Fénix Español y La Unión (las fusionadas y la resultante de la fusión nacieron en este fructífero siglo XIX). Mi padre estuvo en activo trabajando incansablemente durante más de 43 años en esta aseguradora y cobrando de ella durante 67 años, jubilándose con una renta vitalicia complementaria a la jubilación pública. Toda una vida de dedicación y entrega a la empresa, que le contrató a los 18 años. Recuerdo los sábados por la tarde —cuando se trabajaba todos los días de la semana menos el domingo— correr entre las mesas y las copistas, con sus máquinas de escribir, que transcribían las condiciones particulares de los contratos de seguro, con papel carbón a tres copias. Recuerdo unas escaleras de mármol, ascensores de madera y dorados y muebles de madera noble, el perfecto decorado para que los clientes se sintieran impresionados ante tanto poder económico. Y no olvido cuando el Señor Director bajaba de su casa —una gran vivienda en el mismo edificio que disfrutaba a un coste simbólico, a pesar de ubicarse en pleno Paseo de Gracia— y todos los empleados se levantaban saludándolo como si fueran sus vasallos. Sin lugar a duda eran otros tiempos. Afortunadamente para muchas cosas —algunas las podríamos denominar ‘vintage’, otras simplemente casposas—, pero no para todas.

Todos los que llevamos algún año en esto y peinamos canas, empezamos en algún sitio a trabajar, y muchos, como es mi caso, de donde empezamos no queda ni el nombre. Yo he trabajado en cuatro aseguradoras y dos brokers que no existen ya. Recuerdo cuando aprendía a suscribir seguro de transportes. Teníamos una tarifa de marítimo que distinguía por continentes, mares y océanos y cotizábamos diferente América del Sur, Pacífico y Atlántico. Una época en la que el transporte terrestre era tan malo en resultados, como en la actualidad, y el aéreo era testimonial y puntual. Teníamos una Tarifa Roja de Incendios de Unespa y allí una generación, de la mano de nuestros respectivos “maestros”, aprendió a saber lo que era una P.M.L. o los riesgos colindantes o contiguos y a preguntar, por lo que la solicitud de seguro era indispensable, para conocer si en la nave colindante o contigua hacían explosivos o tenían una metalurgia.

En la actualidad, un algoritmo calcula esas probabilidades y nos aplica una tasa de riesgo que el ordenador calcula. Y, con la tecnología, una buena parte del olfato que el suscriptor desarrollaba con su experiencia diaria ha desaparecido.

Entre la concentración mundial de aseguradoras, fusiones y adquisiciones en la que los grupos aseguradores internacionales unifican sus criterios de suscripción, la reducción de capacidades que estamos teniendo (que ya no es una tendencia sino una realidad) y que principalmente afectan a las entidades más pequeñas, con mayor necesidad de protección del reaseguro, la competencia en tasas está desapareciendo y eso ni es bueno para la competencia ni para el consumidor.

Si en algo me gusta especialmente el mercado Lloyd´s es por su organización por actividades y no por entidades, de tal forma que si un broker tiene la necesidad de, por ejemplo, colocar un riesgo marítimo, con unos cuantos pasos por los boxes, que están pegados unos a otros, se puede ver con la casi totalidad del mercado. Los suscriptores compiten entre ellos y se ayudan con capacidad para completar líneas. ¡Qué lástima que el modelo que en su momento exportó Lloyd´s a otros países no funcionara! Aunque bien es cierto que fue el embrión de aseguradoras que aún perviven.

Tratemos de aprender de la historia, recordemos lo que en algún momento alguien nos explicó y nos ha quedado en el fondo de nuestro recuerdo en épocas de mercado duro; seleccionemos los riesgos, la calidad de ellos, los colindantes o si el viaje es a Asia o a Indochina, pues el riesgo no es el mismo y algoritmo aún no ha conseguido sustituir la intuición del suscriptor.

Lo de las historias de los protagonistas del Seguro lo dejo para una próxima sección de ADN del Seguro: ‘Sálvame Seguro’, en la que más de uno se podrá ver identificado… 😉

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