José Luis Latorre | ‘De la lucha contra la mala praxis’

Los seres humanos somos un conjunto de contradicciones. Nacemos y empezamos a morir. El oxígeno, que nos hace vivir, nos mata. Nos pasamos años estudiando para engrosar las listas del INEM (España forma muy bien a sus universitarios, con el coste que ello significa, para crear riqueza en otros países). Nos rasgamos las vestiduras en Twitter cuando unos inmigrantes o sus hijos mueren al cruzar mares o montañas y miramos a otro lado cuando los vemos por nuestras calles.

Vemos la paja en ojo ajeno, pero somos incapaces de ver una viga en el nuestro. No somos capaces de explicar según qué cosas a la persona con la que compartimos la cama pero aceptamos las condiciones de privacidad sin leerlas en móviles y aplicaciones, facilitando a miles de empresas nuestros gustos en sexo, política, moda, música. En concreto, 9 de cada 10 —como el anuncio de los dentistas— no leemos las condiciones de privacidad.

Somos recelosos de nuestra privacidad, y a pocos nos gusta mostrar nuestras vergüenzas en público, pero entramos en cualquier página web y nos registramos, poniendo fecha de nacimiento, mail, nombre y apellidos, teléfonos… esperando el milagro de que esos datos nunca se usen.

Abrimos cualquier página web y nos aparece en el margen superior, inferior o lateral, nuestra última búsqueda realizada en Amazon, Google o una oferta bancaria por haber abierto la aplicación del banco. En ocasiones he hablado por teléfono de un desplazamiento muy concreto y curiosamente me ha aparecido en Google ofertas de hoteles en esa población. Me gusta comprar en el comercio de proximidad, me conocen y saben lo que quiero y cuando miro la fruta, nadie me ofrece que compre las sillas de terraza que miré en otra tienda.

De garantizar la privacidad, mejor no hablar al ritmo que la sociedad de la información avanza porque va muy por delante de la legislación, y cuando esta llega, la tecnología ha dado 40 pasos y siempre lleva la delantera por lo que en muchas ocasiones se trabaja en “alegalidades”, es decir, no existe legislación.

Dice textualmente la Wikipedia con respecto a la privacidad: “La privacidad consiste en un entendimiento colectivo sobre las barreras y limitaciones de una situación dada y el conocer el modo en el que operar dentro de ellas”.

¿Puede algo ser más ambiguo? ¿Hay alguna forma de afrontar más peligro? Yo solo conozco la de meter los dedos en un enchufe eléctrico conectado.

Alzamos la voz cuando un banco oferta un seguro porque ha visto un recibo de una póliza cargada en la cuenta del cliente, pero cuando tenemos capacidad de presionar a ese mismo cliente —por amistad, por vecindad o cualquier motivo— no nos ruborizamos, y ojo que digo presionar.

He sido y seré un defensor del seguro sin abusos. Junto con Carlos Lluch pensamos crear una plataforma de denuncia y reunimos más de 100 corredores dispuestos a poner dinero para arrancar la plataforma. Hablé con el Consejo, con FECOR y con asociaciones, y nadie, nadie… tomó interés. Y eso que no queríamos ningún tipo de protagonismo: poníamos la experiencia, las consultas realizadas y la idea a disposición de quien fuera… y nada, una travesía en el desierto. Por lo que la iniciativa del Consejo, aunque tardía, no puedo más que aplaudirla, apoyarla y ayudar a empujarla e incluso intentar hacerla más amplia, ya que las quejas se pueden también plantear contra las Agencias de Suscripción. No perdamos de vista que, por más que la ley no nos reconozca como mediadores, podemos vender directamente a clientes sin intervención de mediador, aunque la mayoría no lo hagamos. Una anomalía de la ley, sin lugar a duda, ya que no tenemos ni los mismos deberes y obligaciones ni los mismos derechos.

En fin, que con independencia de que llegue en este momento, después de que en febrero CIAC, tomara la iniciativa y de que sea ahora cuando el Consejo y otras asociaciones se apunten a crear sus propias campañas, sean estas bienvenidas, así como cualquier forma de defensa del consumidor. Mucho mejor sería si todos —mediadores, aseguradoras, banca-seguros, agencias de suscripción…— lucháramos contra la mala praxis del sector, ya que eso a todos nos beneficiaría. No olvidemos que, cuando cualquiera de nosotros dejamos de ejercer la actividad profesional, pasamos a ser consumidores, y somos más horas al día consumidores que profesionales con nuestras contradicciones.

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