Cuando se vive en una embarcación

En ocasiones, un siniestro que, a priori, no presenta ningún problema de cobertura, puede complicarse de forma insospechada.

En el caso que exponemos, la protagonista residía en una población costera muy turística y, en 2019 decidió que los meses de verano alquilaría el piso en el que vivía para poder sacarse un dinero extra y que,  durante esos meses, trasladaría su residencia a su embarcación, cosa que procedió a hacer a finales de mayo.

El barco contaba con un seguro de embarcaciones que cubría todos los daños materiales, sin deducción de franquicia alguna, además de la responsabilidad civil, asistencia jurídica y reclamación de daños.

La cobertura de daños incluía la pérdida total, real o constructiva de la embarcación asegurada, así como los daños parciales en navegación, producidos a consecuencia de naufragio, contactos y choques con objetos fijos y flotantes, abordaje, varada, embarrancada o toque de fondos y golpe de mar a causa de temporal, entre otras cosas.

A mediados de julio,  en una de sus salidas a la mar, la embarcación colisionó con una roca y tras advertir que entraba gran cantidad de agua, su propietaria hizo rumbo a puerto, al que consiguió llegar, no sin riego de hundimiento.

La embarcación fue llevada inmediatamente al varadero para su urgente reparación y se dio el correspondiente parte de siniestro a la aseguradora.

La aseguradora envió a su perito para hacer una valoración de los daños y nuestra protagonista solicitó tanto al varadero como a la aseguradora, que aceleraran la reparación en lo posible,  al necesitar disponer del velero urgentemente, por estar residiendo en él.

Con esta información, sin quererlo, provocó el rechazo de la cobertura del siniestro, ya que al informar que estaba residiendo en el velero, la aseguradora se amparó en una de esas exclusiones generales que nadie se lee y que especificaba que “En ningún caso, será aceptado un siniestro cuando la embarcación asegurada esté siendo utilizada como vivienda permanente”.

La aseguradora afirmó que la propia asegurada había aceptado que estaba residiendo en la embarcación y, por tanto, había aceptado que era su vivienda permanente, en cuyo caso el siniestro no podía ser aceptado. Informó también de que existían otro tipo de pólizas específicas para los casos en que las embarcaciones se utilizan como vivienda porque, al fin y el cabo, cuando se vive en un barco, existen numerosos riesgos adicionales que no son los propios de la navegación.

A partir de ahí, no sólo no se aceleró el pago de la reparación al varadero con el consiguiente retraso en la entrega de la embarcación y perjuicio para su propietaria que, entre tanto, tuvo que alquilar un piso donde residir temporalmente al ser la reparación muy costosa y no estar en disposición de poder adelantar su importe, sino que se inició una discusión que requirió la intervención de abogados.

La discusión se centró en lo que se entendía por  “vivienda permanente” y, por tanto, en si era de aplicación o no la exclusión alegada por la compañía.

Los abogados de la asegurada mantuvieron que había que equiparar “permanente” a “habitual” y para que se pudiera considerar que el barco  era la  vivienda permanente, el mismo debería ser la “vivienda habitual” de la asegurada y la misma debería estar empadronada en el barco, cosa que no ocurría en este caso.

Se ampararon en que no existe una definición legal de vivienda permanente (en la póliza desde luego, no la había) pero, por analogía, se podía tener en cuenta la normativa aplicable a las viviendas de protección oficial (VPO), ya que la misma establece que uno de los requisitos para poder acceder a ella, es que se destine la vivienda a residencia habitual permanente, considerándose que una  persona vive en la VPO de forma habitual o permanente, si no la desocupa durante tres meses seguidos al año.

Dado que en este caso, el barco estaba desocupado más de tres meses seguidos al año no podía ser considerado como “vivienda permanente”. Por otro lado, la asegurada no había desocupado su piso durante más de tres meses por lo que era evidente que el piso en el que estaba empadronada era su residencia habitual permanente.

Tras varios tira y afloja, la aseguradora finalmente cedió y cubrió el siniestro pero, desde luego, la asegurada tuvo suerte de que el siniestro ocurriera  antes de que hubieran transcurrido tres meses desde que había desocupado su piso. De haber ocurrido el siniestro tras tres meses de desocupación de su vivienda, la aseguradora podría haberse amparado en que el piso en el que estaba empadronada  no era su vivienda habitual permanente, lo que, a su vez, hubiera reforzado el argumento de que la embarcación era su vivienda permanente.

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